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Frente a la casa de Don Felipe
había dos árboles plantados. Uno de ellos era
un roble grande, robusto, con hojas hermosas y flores en sus
ramas. Este árbol robusto, de hojas hermosas y flores
en sus ramas, disfrutaba cuando el viento juguetonamente le
acariciaba las hojas, y aprovechaba para lucir su hermosura
a los demás.
A poca distancia se encontraba un pequeño arbolito de
flamboyán, débil, flaco, y con pocas hojas.
Triste porque apenas recibía la luz del sol. Las
ramas del árbol grande no se lo permitían.
Todos los días, con su voz potente, el roble,
exclamaba:
-¡Qué bello soy! ¡Alto y fuerte, gracias al
sol que me ilumina!-
Cuando el árbol pequeño escuchaba los elogios
que el roble se daba a sí mismo, se
entristecía aún más. Él no
podía decir lo mismo, pues apenas recibía la
luz del sol y cada día se ponía más
débil.
-Quisiera ser tan hermoso y fuerte como tú- le
decía el pequeño flamboyán al roble, y
con voz tímida añadía. -Si pudieras
apartar tus ramas un poco y permitirme recibir aunque sea un
rayito de sol, ¡te lo agradecería tanto!-
Pero, el roble no podía escucharlo porque la voz del
arbolito se desvanecía con el ruido del viento que
chocaba con sus hojas. Además, el roble era tan alto
que el sonido de la voz del pequeño apenas le
llegaba.
Las hormigas que trabajaban cerca escuchaban a diario la
súplica del flamboyán. Precisamente
había un hormiguero entre ambos árboles. Un
día el árbol pequeño escuchó una
vocecita que le dijo:
-Entiendo lo que te pasa, pues también soy
pequeñita- Desde que nací mis
compañeras me han cuidado y ayudado a crecer, y sabes
qué, yo te ayudaré a ti.-
La hormiguita acudió a la hormiga líder y le
contó el problema del arbolito.
-¡Esto no lo podemos permitir!- La hormiga líder
le respondió. Y se trepó en el tope del
hormiguero, puso sus patas alrededor de su boca y con voz
fuerte llamó a reunión a las demás
hormigas.
¡Atención compañeras! - exclamó la
líder.
Las hormigas se aglomeraron para saber de qué se
trataba. La hormiga líder le explicó a sus
compañeras el problema del arbolito, luego les
preguntó:
-¿Ayudaremos a nuestro amigo?
-¡Sí, sí, sí!- todas contestaron a
coro-
Del grupo se escuchó una voz que sobresalía
diciendo: -¡No podemos cruzarnos de patas y esperar que
se debilite más!-
-¡Es cierto, es cierto!, -afirmó el grupo.
Las hormigas acordaron un plan. Al amanecer del día
siguiente visitaron al arbolito y le dijeron:
-Sabemos cómo ayudarte a recibir la luz del sol. Has
sido un buen vecino, y aunque flaco y débil, siempre
nos has permitido subir a ti para buscar alimento. En cambio
nuestro vecino, el roble, nunca lo ha permitido. ¡Esta
tarde te daremos una sorpresa!-
Las hormigas se habían reunido discretamente al pie
del árbol grande poco antes de que Don Felipe
regresara del trabajo. Ellas habían calculado el
tiempo exacto que les tomaría subir al roble y
sorprenderlo.
-¡Ahora!- se escuchó la orden de la hormiga
líder.
Las hormigas subieron rápidamente al roble, que no
estaba acostumbrado a tal visita. Las patitas de las
hormigas corriendo sobre su tronco y sus ramas le
causó muchas cosquillas; así que
comenzó a sacudir fuertemente sus ramas justo en el
momento en que llegaba Don Felipe, del trabajo, y,
¿adivinen lo qué sucedió? Don Felipe al
bajar de su carro pasó por debajo del roble y algunas
de las hormigas le cayeron encima. Las otras corrieron
reunirse al final de las ramas del árbol,
según el plan que habían trazado. Entonces la
hormiga líder volvió a ordenar:
-¡Brinquen!-
El resto de las hormigas se lanzó sobre Don Felipe, y
aunque sólo una de ellas lo picó, se le
escuchó decir.
-¡Ay, ay, ay, las hormigas me están
picando!-
Don Felipe se sacudía las hormigas que le
corrían por el cuerpo. Pero sentía que
más y más hormigas le caían sobre la
cabeza, hombros y espalda. Alzo la vista y miró las
ramas del roble y vio que las hormigas caían de
allí.
-¡Ah, están en las ramas!, ¡Tengo que
acabar con ellas!- Exclamó furioso.
Fue a la casa a curarse las picadas, luego regresó
con unas enormes tijeras y comenzó a podar las ramas
donde estaban las hormigas. Cuando las ramas tocaban el
piso, las hormigas que se hallaban en ellas corrían a
esconderse en su hormiguero.
Cada vez que una rama era podada el árbol
pequeño recibía un rayito de sol.
Inmediatamente sintió que cobraba fuerzas. La
alegría lo invadía y no paraba de reír.
Sus hojitas se abrieron para recibir el calorcito de la luz.
Suspiró y dijo
-¡Por fin tengo luz solar! ¡Ahora creceré y
recuperaré mi salud!, -exclamó con
regocijo.
Y así sucedió, pues, al transcurrir el tiempo
creció y se hizo tan hermoso como su vecino.
Don Felipe estaba contento porque ahora tenía frente
a su casa dos árboles preciosos que refrescaban el
aire y le daban sombra a su hogar. El roble aprendió
a pensar también en los demás, y el vistoso
flamboyán, de hermosas flores coralinas, que una vez
fue pequeño, entendió lo importante que es
buscar ayuda cuando se necesita. Las hormigas por su parte,
estaban orgullosas por haber ayudado y visitaban ambos
árboles a menudo. Así, convivieron todos
juntos como buenos vecinos.
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